Desde que el emperador Constantino oficializó el cristianismo como religión oficial del Imperio, la Navidad fue absorvida por la fiesta olímpica del solsticio de invierno con sus vacanales y excesos de dominio y poder sobre el mundo. Así, sobre todo en Iberia, la Navidad en lo que puede apercibirse en el comportamiento de las ovejas del Olimpo, es simplemente despilfarro económico, engalanamiento de sus ciudades con luces artificiales, comilonas, reuniones familiares que muchas veces terminan en riñas y disputas, en definitiva en culto al Olimpo, que consideran al Niño Dios como un elemento decorativo y como novedosa excusa publicitaria para seguir montando sus fiestas paganas, tal como han seguido haciendo durante 6.000 años, y a los que los íberos permanentemente durante este largo período han seguido rindiéndoles culto obediente y reverencial, fuere cual fuere el régimen político, los condicionamientos económicos o los advertimientos de los intelectuales y profetas. Yo propongo un boicot a estas navidades paganas, reconcentrándonos en la realidad, más real que el Olimpo, del Niño Dios, que nos libró del pecado y de las garras del Olimpo, de sus pompas y fuegos de artificio, y sin olvidarse de desconectar la tele, cuando el dictador Borbón, como cada año de este interminable proceso democrático, salga puntualmente la noche buena en el cajón para pitorrearse de los seguidores del Niño Dios amenazándoles con castigos y opresiones y sintiéndose el rey del mambo en este país. De hecho a mí esta Navidad pagana me produce la tristeza de los perseguidos, igual que en tiempos de Franco.
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