Tortosa, 18 agosto 2009 CONFESIONES EN EL DIVÁN DEL PSIQUIATRA (IX). El primer proyecto que envié al Borbón en febrero de 1981, pocos días antes del 23-F, era durísimo con medidas por ejemplo como la cadena perpetua para los ordenados, sabiendo que cuando se aplicara desaparecería la muerte en el mundo. Y otras duras medidas excepto la tortura física. Pero un tiempo antes del 22 de agosto de 1998, fiesta de Santa María Reina, en que fui solo a Lourdes por Canfrac, habiendo dejado la medicación y habiéndome tirado al Papa de Roma, había entrado en una profunda crisis con grandes dosis de desesperación y con el convencimiento que ya estaba condenado en el infierno ya desde esta vida. Ante la gruta de Lourdes me siento rechazado por la Virgen, a la que no puedo dirigirme ni tan siquiera a rezarle un avemaría, al ver la figura del último Papa del linaje humano, S. Pío X, que preside la fachada de la basílica superior me viene el convencimiento invencible de que está condenado en el infierno por toda la eternidad, tengo la sensación de que toda la gente me mira inquisitorialmente y compadeciéndose despectivamente de mí. Llegó a tal punto este desesperado estado de ánimo que en la habitación de la pensión de Pau, en donde me hospedo, vomito en el lavabo. Regreso a España un día antes, ya que tenía pagadas dos noches, y al llegar a Lérida me viene a la cabeza que en el protoevangelio del Génesis Dios dijo que Ella aplastaría la cabeza de la serpiente, pero reflexiono que sólo dijo la cabeza, y esto me hace recapacitar de que me sobrepasé en mis funciones sacerdotales. Inmediatamente envío una carta al Borbón, desde Lérida, suprimiendo todas las penas del proyecto, excepto su esencia, es decir, la castración. Luego pienso que en el footing estaba entrando en caminos de odio y venganza, cosas impropias de un cura del linaje humano, de los que decía el Fundador que no conocía a ninguno (de los del linaje humano, de los que sólo quedo yo) que fuera malo, sólo que alguno estaba un poco "majara".
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