"Tortosino, ladrón fino". Esta expresión de dominio público refleja perfectamente el estilo con que el tortosino se ha manejado, desde la noche de los tiempos, logrando salvar el pellejo en su constante comisión de tropelías a lo largo de toda la historia. El ejemplo más sonado, todavía hoy oculto al gran público e impune, es cuando le robaron la cartera al apóstol Santiago, el primero que vino a predicar la buena nueva a los tortosinos. Este robo de manual tuvo lamentables consecuencias eclesiales en el tiempo y en el espacio. Sabían los ángeles encarnados de Tortosa que Cristo era el verdadero Dios y que sus apóstoles fueron investidos a través del sacramento del Orden con el poder divino del Nuevo Testamento siendo un sacerdote "ipse Christus" (el mismo Cristo). Los taimados jerifaltes de Tortosa no querían perderse el chollo y así esgrimiendo ante el Apóstol todo su mejor repertorio de buena educación y de disponibilidad hasta incluso dar la vida por la buena nueva hicieron creer al apóstol que aceptaban su mensaje de salvación, y éste lógicamente confirió el sacramento del Orden a algunos "santos varones". El "tortosí, lladre i fi" había conseguido su objetivo sin levantar ninguna sospecha como siempre. Y el apóstol quedó "content i fotut", de lo que se apercibió en Zaragoza a orillas del Ebro en medio de un edificio oficial que estaban construyendo los romanos con jaspe de Tortosa. Así se le apereció la Virgen en carne mortal para consolarle, posándose precisamente sobre un pilar de dicho jaspe, para indicarle que ella y su Hijo habían vencido y ya estaban por encima de la dureza de esa roca y que un día se consumaría la victoria definitiva.
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