Tortosa, 19 agosto 2009 CONFESIONES EN EL DIVÁN DEL PSIQUIATRA (VIII). En vistas de que mi familia y la gente de Tortosa huía de mis ideas como si fueran las de un apestado y ante mi irrefrenable necesidad de comunicarlas, primeramente las dejaba en un cenicero del Parador de Tortosa. Más tarde y a partir del proyecto comencé a enviarlas al Borbón, sin saber que era un argonauta, luego a Busch también sin saberlo. Finalmente publiqué mis cinco libros costeados por mí al no encontrar ningún editor, ni en Cataluña ni en España, que quisiera hacerse cargo de su edición. No tuvieron ningún éxito ni en Tortosa ni en las Terres de l'Ebre, porque aquí sólo tiene éxito lo que es gratuito, y aún siendo gratuito no lo han de considerar como unas caquitas infumables de "un capellanet qu'està box". Más bien ya desde el principio mi actitud antiolímpica, que hizo de mí un ser extraño a la normativa ibérica de cultura y comportamiento, provocó que mi madre en lugar de intentar dialogar conmigo, que le explicara los motivos de mi actitud y que compendiera mi situación, optara por el camino fácil y represivo de meterme en el club de la psiquiatría química desde 1980. El objetivo de la psiquiatría de la URSE es que llegues a tal estado de idiotez que puedas decir con la chirigota valenciana y de los colocaos: "Jo no tinc problemes i si els tinc, no m'els planteche" (yo no tengo problemas y si los tengo no me los planteo), aunque esa medida represiva psicológica me sirvió para dejar de dar espectáculos callejeros y un poco chavacanos con los que se divirtieron unos días los íberos y sus dioses. Esto también evitó que diera espectáculos en la iglesia, en donde me limité a hacer el "paperot" leyendo las homilías de doctrina ortodoxa compuestas por un cura del Opus y evitar así que vertiera mis problemáticas teológicas sobre la gente inocente y fiel, escandanlizándolos. Todo sirve para bien para los que amamos y sufrimos por Dios.
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