En medio de la simpatía, cordialidad y opíparas comidas de hermandad, cuando mucha gente pasaba hambre, las gentes de estas tierras amantes de la ley, el orden y las pistolas, para su entorno más inmediato, le comieron el coco y ahuparon a ocupar la sede de la dictadura en el gobierno central de Madrid a D. Miguel Primo de Rivera, en una visita oficial de dos o tres días que hizo a Tortosa siendo capitán general de Cataluña, enseñándole entre otras cosas la siderurgia de Sales en Ferrerías en donde llegaron a fabricarse carros para la primera guerra mundial. También fue el obispo de Tortosa, Félix Bilbao, que procedente de Roma, ordenó a Franco, a través del gobernador civil de Castellón, que terminara cuanto antes la batalla del Ebro ya que él sería el próximo dictador fascista de España. Reconozco que no he estudiado los complejos movimientos que Tortosa debió dar para instalar la dictadura borbónica. Sólo sé que en eso jugó un papel crucial y decisivo el Opus Dei y que a los dos meses de que Escrivá lo fundara en octubre de 1928, Tortosa envió un espía a Madrid en donde se hospedaba Escriva en las Damas Apostólicas, para que le sacara toda la información de primera mano sobre lo que sería el Opus Dei. Dicho espía era el cura de Villarreal, Blas Carda, que según cuenta en su diario fue el primero a quien Escrivá comunicó qué era el Opus. Carda entonces desplegó una discreta pero eficaz labor informativa de su golpe de espionaje, comenzando por el obispo de Tortosa y terminando en Roma con el cardenal Pasceli, futuro Pío XII, que siendo Papa tuvo como Secretario de Estado al cardenal Roncalli, futuro Pablo VI: Concilio, intelectual, ambiguo, astuto, que cuando Escrivá llegó a Roma en el 1947 le acogió y le ofreció una casa como quien coloca al perro en una casita de su chalet, y que promocionó en España al cardenal Tarancón para que celebrara la misa de coronación del Borbón, el nuevo dictador, que precisamente nació en Roma.
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