Tortosa, 17 agosto 2009 CONFESIONES EN EL DIVÁN DEL PSIQUIATRA (IV). En el verano del 79 y después de asistir a un grupo de universitarias del Opus de Barcelona en La Mata, no pudiendo aguantar más en aquella para mí cárcel de Morella, un buen día tomé la decisión de escaparme o me expulsaron desde el olimpo y me marché sin despedirme en busca de la única y falsa libertad que nos ofrecían las autoridades democráticas en este país, es decir, estaba dispuesto incluso a ir a Sodoma y Gomorra para poder hacer un polvo, como necesidad y como obligación sin saber quién me mandaba meterme en estos verenjenales. Me recorrí con mi coche toda Andalucía y en Ayamonte pasé a Portugal. No recuerdo si fue en Batala o en Fátima, el caso es que subí a una prostituta en mi coche. Pero estando ya preparados para el acto, a mí se me arrugó el pito y ella que ya había cobrado, se largó rápidamente diciéndome que tenía la regla. Debió ser un favor de la Virgen de Fátima ya que de seminarista pedí muchas veces a la Virgen por mi pureza. Pero desde mi estancia en Morella las tentaciones sexuales y el no poder controlar el apetito sexual comenzó a ser un problema. Además un cura catalán del Opus me dijo una vez en la charla fraterna en unas convivencias en Castelldaura que me podía masturbar todas las veces que quisiera con tal de que lo dijera al cura que me llevaba. Pero cuando a partir del 80 comienzo a vivir con mi madre, que me obligaba a ver la televisión bajo amenaza psiquiátrica, creo que me daba corrientes telepáticas sexuales puesto que al ir a dormir muchas noches tenía necesidad de cascármela. Cuando murió ella hace tres años me ha desaparecido el problema sexual, en parte también porque tengo más paz mental gracias a mis investigaciones teológicas y a la devoción a S. José, pero el ambiente materialista de Tortosa, de la democracia ibérica y de la iglesia sigue siendo el mismo o peor. Nunca me he ligado a una chica ni me he servido del confesonario para ello, a lo sumo he ido 6 ó 7 veces a un club de carretera para que me dieran una mamada y aprovechar la ocasión para poder hablar con alguien, pagando claro, sobre mis investigaciones teológicas. Una de estas chicas sudamericanas me regaló una vez una medallita del Niño Jesús.
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