En una de las últimas locuras de Escrivá, junto con la construcción de Cavabienca en Roma, construyó el santuario mariano de Torreciudad ya que no quería que nadie le ganara en la devoción a la Virgen en medio del maremagnum del postconcilio. Pero siguiendo su filosofía que decía que los constructores de las catedrales medievales, además de tener mucha Fe sabían mucha geometría, en la construcción de ese santuario tomó la drástica medida de comprar todas las tierras colindantes, con la finalidad de que nadie, montando sus chiringuitos, se aprovechara de la devoción a la Virgen y de la buena voluntad de sus devotos, para sacar beneficio de estas circunstancias, tal como ha ocurrido en Lourdes, en que los cerdos judíos, propietarios de la mayoría de chiringuitos montados alrededor del santuario, sólo buscan la puta pela, importándoles un bledo la Virgen, que por cierto es judía igual que ellos. Gracias a esta previsora y prudente medida tomada por Escrivá, he podido impedir que mi familia, tanto paterna como materna, se aprovechara de mí en beneficio propio. Y es que los lazos familiares en Iberia siempre han pesado mucho para cualquiera que haya nacido aquí, y enseguida planean qué beneficio pueden conseguir de gorra de cada uno de los miembros de la familia, con los lazos de la amabilidad y el amor, hasta que consiguen dejar a uno sin plumas y cacareando. Y esto es lo que ha intentado hacer mi familia conmigo, todo planeado por mi madre, la Abadesa de las Huelgas. ¡A tomar todos por el culo! ya que mi madre y mis hermanos son los que cumplen la voluntad de Dios y la siguen.
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