jueves, 24 de diciembre de 2009

DISCURSO DE FIN DE AÑO

Iberia es un pueblo de reyes. Con esta premisa cierta, puesto que al escribirla sobre un cartel electoral me jugué el tipo, podemos asegurar que el proceso democrático ibérico ha consistido esencialmente en que los íberos, desheredados por Franco, y con los que en el fondo estaba de acuerdo ya que apostaban por el futuro, hayan ido conquistando, durante estos últimos 34 años, su pequeña o grande parcela de poder, desde el Borbón, que llegó a este país con un traje prestado, hasta el último funcionario, pasando por los militares y por el innumerable ejército de cargos políticos, de sus asesores y secretarios, llegando a darse el caso de que en este país da la impresión de que son más los que gobiernan que los propios gobernados. Y si algún íbero ha quedado descolgado de esta trepidante carrera de ambición y acaparamiento, le ha quedado el premio de consolación de poder mandar sobre su cónyuje, sus hijos o sobre un perro. En los militares y cuerpos de seguridad, que son los primeros defensores del Olimpo y más fieles, desconozco cómo se ha producido el cambio generacional, puesto que no dan ninguna explicación ya que se consideran estar en una estancia superior, ajena a los avatares de la historia y además se dan puñaladas entre sí con permiso recíproco. Hasta incluso hace poco el Jefe del Alto Estado Mayor se permitió brindar públicamente por el dictador Borbón, calificándolo como el primer soldado del glorioso ejército español. En medio de todo este mundo de reyes, gorrones y zánganos ibéricos, no he encontrado a ninguno que esté dispuesto a servir a la iglesia sin muros y metahistórica tal como ella quiere ser servida, ya que nos encontramos en la dictadura II, y además el príncipe ya está llamando a la puerta simpática y amablemente para conseguir la dictadura III. A todo esto, yo, el empresario, cada vez me siento más jodido y explotado. ¡Nenas, al escenario, que ha marcado Romario!


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