miércoles, 9 de diciembre de 2009

BEATOS, MEAPILAS Y CHIRIPITIFLÁUTICOS

Ya decía Miguel Servet, calificado de heterodoxo por Menéndez y Pelayo, que Iberia es el país más supersticioso del mundo. El supersticioso busca en la religión sólo un apoyo mágico a sus egoísmos. De ahí que el cerdo ibérico, siempre ayuno de doctrina porque rehúsa cualquier exigencia moral que frene sus insaciables apetencias cerdiles, es propenso en este país a la invocación supersticiosa de la Virgen, sobre todo para pedirle por su salud, ya que ella por sus características de mujer es todo corazón y acoje a todos, o al menos eso es lo que forjan en su mente a la hora de invocarla ante imágenes elavoradas por ellos mismos, con aspecto de bondad infinita que incluso se deja tomar el pelo. De ahí que Iberia esté plagada de santuarios marianos y no haya ninguno dedicado a S. José, que en el hogar de Nazaret al ser el cabeza de familia era el que cortaba el bacalao y el que tenía que poner las cosas en su sitio a la misma Virgen e incluso al Niño Dios. Por ello sólo hay en todo el mundo un santuario dedicado a S. José, que está en un país europeo. Este aspecto supersticioso de la fe ibérica explicaría por ejemplo el que en Tortosa haya ocupado durante muchos años el cargo de secretario "fac-totum" de la Real Archicofradía de la Cinta el masón Escriche, y el que las autoridades comunistas del país no tengan ningún empacho en asistir a misas y procesiones, cosa incluso bien vista y aceptada pacíficamente por el resto de población ibérica. Hasta incluso el actual dictador, al igual que su predecesor, se las da de ser ferviente católico con la supersticiosa pretensión de tener el cielo, la tierra y los infiernos, todos a su servicio. Ya decía Escrivá, aunque con otras palabras, que el quicio de la Obra no es la humildad sino el orgullo y chulería de ser hijos de Dios, y añado yo, para repartir estopa a diestro y siniestro.


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