Ya desde niño y hasta el día de hoy el populacho tortosino, al igual que mi familia, excepto mi padre Abelardo, que en más de una ocasión se enfrentó con algún chulo tortosino, siempre digo me han producido miedo. Recuerdo que siendo niño fui una vez al bar del Ros o Miseria a ver en el único televisor del pueblo, un partido del Barça, y a mí en medio del partido se me ocurrió decir que nos dominaban, y al instante los salvajes fanáticos del pueblo comenzaron a increparme y despreciarme. Aquí todavía se tortura psicológica y físicamente, quedando anulada la tortura cuando ha sido sustituida por otra superior. Así por ejemplo ahora que me llegó el cáncer, al instante ha cesado la presión familiar de amenazas con el rollo psiquiátrico. Durante la semana que estuve operado en el Hospital, el azúcar de la diabetes se me colocó en la normalidad y sin tomarme ninguna medicación. También cuando se me detectó el cáncer y haciendo mucho tiempo que ya había salido del Pere Mata de Amposta, internado allí por orden judicial y sin haber hecho nada irregular por mi parte, me llegó una carta del Juzgado de Tortosa conforme había cumplido la pena. Aquí jovenzuelos me han llamado loco, se han cagado en Dios siempre que pasaba por delante de ellos vestido de cura, y se me han burlado porque tenía coche, hasta incluso ayer un potentado del barrio, que debería ser conocedor de que me habían quitado el pito, paró su 4x4 para preguntarme medio en broma sobre cómo me iba la vida, a lo que le respondí que mal pero no me importa. Y cuando murió Mossèn Manyà hubo un hipócrita tortosino que escribió en la prensa que con esa muerte ha recorrido por el corazón de todos los tortosinos un sentimiento de culpabilidad. ¡Con lo que se debieron alegrar! ¡Porca miseria!
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