lunes, 25 de enero de 2010

MENOS SEBO Y MÁS JUSTICIA

Durante la historia de Israel en el Antiguo Testamento, que era el pueblo elegido de Dios, hubo períodos y épocas en que el pueblo se dejó llevar por el halagador y complaciente oleaje proveniente del otro extremo del Mediterráneo, es decir, de Iberia o la Tarsis bíblica. Entonces el pueblo se apartaba del verdadero Dios, al que le negaba su corazón y las consiguientes obras de justicia, centrifugándose dicho corazón sobre sí mismo buscando exclusivamente su comodidad y todos los vicios que conlleva el egoísmo programado por los dioses desde su Olimpo. Entonces el pueblo aumentaba sus ofrendas de sebo y grasa como queriendo tener a Dios como aliado de sus pecados, pero como negaban a Dios su corazón, éste solía suscitar profetas para que dijeran al pueblo que ya estaba harto de tanto sebo y tanta grasa, con los que nunca llegarían a comprarle, porque por el amor que Dios tenía a su pueblo no quería que deambularan perdidos en medio de sus egoísmos que nunca llenan el corazón y les precipitan en una carrera que siempre suele terminar mal. Hoy el mundo y sobre todo la Iglesia viven una de esas tristes y oscuras etapas, pero lo novedoso de ahora es que los equivocados contumaces, a base de llevar siempre enchufado el cohete en el culo, nos quieren hacer creer que su camino es el de la felicidad. O bien están los que tiran el carro por el pedregal resignándose a revolcarse en sus vómitos egoístas, e incluso hay que están dispuestos a derramar hasta la última gota de su sangre por defender el desorden establecido de siempre, simbolizado en un pedazo de trapo.

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