miércoles, 27 de enero de 2010
MIS DERECHOS COMO EL PERRO DE LA NACIÓN
Decía ayer que a mí nadie en este país ni en mi familia me ha leído nunca mis derechos, ni tan siquiera como "el perro de la nación y de su democracia coronada", único título nobiliario que poseo en este país, en la iglesia oficial y en la zona de influencia ibérica como Europa y los EEUU. Y pondré un ejemplo. A mí nadie me preguntó, ni tan siquiera el psiquiatra, el motivo que me llevó a decirle al cura de Binéfar, mientras decía misa, el "¡ya vale!", hecho que fue el detonante para ser ingresado por la fuerza represiva, propia de los mejores tiempos franquistas, en un psiquiátrico de Lérida, a instancias de mi madre y de mi familia. A partir de ese momento la Abadesa de las Huelgas, mi madre, se hizo con el control absoluto de mi vida material, física, psicológica, moral y religiosa, e incluso tenía proyectado para cuando ella faltara el ponerme bajo la tutela de mi hermana y del madero franquista, como si fuera un subnormal. Hasta me tenía prohibido escribir, la única válvula de escape que tenía en aquel infierno hogareño. Incluso una vez mi hermana riéndose me dijo que me tomara la medicación o si no sería peor, como si me dijera: "No te rías que es peor". A lo largo de este calvario psiquiátrico he entregado a mis psiquiatras mis libros, pero ninguno me los ha comentado, ya que desde que manda en este país el cerdo gangoso, ningún profesional puede salirse un pelo del estricto materialismo de su profesión, a no ser que sea por motivos de estética. Así la masonería y el olimpo habían conseguido "el homo ex maquina", idea de un filósofo, logrando que el hombre como un perro o una máquina sólo reaccionara ante los estímulos de la afectividad del caprichoso que quería obtener algo de él. Lo único que no le ha faltado ha sido el combustible para continuar funcionando.
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