La Iglesia de siempre ha mantenido respecto a la ciencia dos constantes normas. La primera es que la verdad hay que defenderla con las togas más que con las armas. Y la segunda es que toda verdad, aun la obtenida por la ciencia experimental, si es auténtica, no puede contradecirse con la verdad teológica o de Fe, puesto que toda verdad proviene de Dios. No obstante hay que reconocer que la Iglesia, garante de la verdad por la asistencia del Espíritu Santo cuando define verdades de Fe y Moral, a partir de la segunda mitad del siglo XX, incluido el Concilio Vaticano II, hizo dejación de sus obligaciones en defensa de la verdad y en la condena de los errores, al no analizar y condenar en ese Concilio, cosa para la que siempre se han convocado, las tres herejías de nuestro tiempo como son el marxismo, el evolucionismo y el psicoanálisis. Y es que a partir de ese paríodo las plazas eclesiásticas, sobre todo las de obispos, cardenales y Papas, habían sido ocupadas, por derecho de conquista, mediante sus armas de la hipocresía y el engaño, por dioses, que colocaron en los seminarios barreras casi infranqueables para los humanos fieles a la verdad y la verdadera Fe para que no pudieran acceder a ellas. Ya Escrivá en sus últimos años solía decir que el mal estaba muy arriba, refiriéndose por ejemplo a que no estaba en absoluto de acuerdo con Pablo VI por haber suprimido el índice de libros prohibidos. Y en otra ocasión dijo que en su última entrevista con Pablo VI le había leído y comunicado un pliego de actuaciones papales con las que no estaba en absoluto de acuerdo, dejándolo bien arreglado.
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