El caso del profeta Jonás es paradigmático en mi teología. Jonás, un pobre de Yahvé, fue elegido por Dios para que profetizara a su pueblo. Pero el Olimpo ibérico se apercibió de ello y usando sus finas trampas confusionistas y seductoras se lo quiso atraer, engullirlo y colocarlo a su servicio. Por lo que le infundió miedo y terror para cumplir la voluntad de Dios. Tanto es así que Jonás embarcó en una embarcación en Joppe que se dirigía a Tarsis, tal como demandaba el Olimpo Escorpión. Pero Dios, haciendo naufragar el navío rompió las finas redes con que el olimpo quería enredar al pobre Jonás. Un ejemplo actual y reciente de esta constante olímpica tortosina es que hace unos años un joven centroeuropeo de repente tuvo un súbito deseo de venir a Tortosa e hizo inmediata y precipitadamente dicho viaje como si siguiera una llamada, casos que hoy en día la psiquiatría considera como patológicos. Al llegar aquí y antes de fallecer exhaló un último suspiro de anhelo de libertad. Estos son datos policiales que me contó mi cuñado el madero franquista. Tortosa e Ilercavonia, paganas durante 6.000 años, continúan aún al día de hoy en el más duro y puro paganismo, y si cabe más sofisticado y refinado en su malicia por el influjo de la cultura pseudocristiana. De ahí que en este territorio nunca haya habido verdaderos cristianos, excepto unos cuantos Quijotes, que se pueden contar con los dedos de la mano, y que han sido canonizados, pero que aquí lo pasaron más puta que uno del trópico condenado a vivir en una casa de hielo como los esquimales en el polo norte, y algunos de ellos, fundadores, siendo traicionados por sus propios seguidores.
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