Aparte de que nunca he tenido que jurar la constitución, también esgrimiré en mi favor que nunca nadie me ha leído mis derechos como "el perro de la nación o de la democracia coronada". Todo lo contrario, los vellacos y cobardes políticos y los que los jalean y que van de sobrados por la vida, los eclesiásticos y mis familiares, entre los que ha jugado un papel destacado el cuñadísimo, siempre se han aprovechado de mi ingenua inocencia de un noble adolescente, entre los que incluyo como principal responsable al cerdo gangoso, que desde el primer momento se sintió "l'amo del carxofar" ya que estaba avalado por Franco, por el lobby político del Opus, por el cardenal burrianero y ordenado en Tortosa, Tarancón, y por mi familia. Pero también he de confesar que en mi dormitorio tengo un cuadro del político inglés católico Sto. Tomás Moro, pero también tengo otro de S. Blas, que antes de ser obispo de Sebaste por aclamación, ejerció la medicina en la región de Armenia, en la actual Turquía. Y, por último, diré que de un Guimerá, verdadero israelita y converso al cristianismo, como fueron mi abuelo y mi padre, con lejana ascendencia centroeuropea, jamás se ha reído nadie.
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