Ni Dios ni el hombre quieren ni deben ni pueden ser los criados de los malcriados. Y es que, sobre todo en este país, que en su día hizo chulescamente la botifarra al apóstol Santiago, previo robo de su cartera, hay mucho gilipollas de esos que se creen que se han dado la vida a sí mismos y que abandonarán este mundo cuando ellos quieran, que están empeñados en que Dios y el hombre corroboren, amparen y sirvan sus caprichosos proyectos de configuración de un mundo al margen e independiente de Dios, su Creador y Redentor, queriendo ser ellos su sustituto. De ahí que cuando algo les falla en sus planes, o en sus previsiones o fracasan estrepitosamente en el cumplimiento de sus promesas, le cargan el muerto de la culpa a Dios y al hombre. Por eso este país tiene la fama, ganada a pulso a través de la historia, de ser un país gorrero que sólo se alía con alguien del que pueda sacar algún beneficio, aunque sea Dios y el hombre, a los que niegan y desprecian cuando ya han obtenido de ellos lo que querían, y si pudieran los aniquilarían. Por lo que ya hace algunos años un usurpador del título de teólogo va predicando por ahí, con contradicción en los términos "la teología de la muerte de Dios". Y desde que me han operado de cáncer ya hay quien ha comenzado a tirar cohetes para celebrarlo. Es la típica chulería ibérica, que hace exclamar a los extranjeros, deslumbrados por el sol español y sus maravillas, cuando dicen que "España es diferente".
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