Se puede engañar a muchos o a todos durante 6.000 años pero no eternamente, mediante el poder olímpico sobre la vida y la muerte, con sus amenazas, extorsiones, engaños o halagos, con que han manejado libérrimamente su poder soberbio durante este largo período de tiempo, pero en el que el verdadero Dios también ha jugado sus bazas, hasta llegar a esta útima partida en que ha mostrado sus cartas ganadoras, porque del verdadero Dios no se ríe nadie. Y aunque los olímpicos se escondan en lo alto de una montaña, o en alta mar, o en un recóndito refugio antinuclear, o en el fin del mundo, o se sientan seguros protegidos por multitud de legiones armadas hasta los dientes, allí siempre estará el verdadero Dios, Creador, Padre y Redentor nuestro y de ellos, que espoleado por la oración omnipotente de los auténticos creyentes, no tardará en impartir justicia a quienes se lo pidan, tal como nos prometió Jesucristo su Hijo. Y los que quieran escapar de la justicia huyendo al más allá que tengan en cuenta que igualmente tendrán que rendir cuentas cuando resuciten los muertos. La soberbia olímpica, aun so capa de bondad, amabilidad, paz y amor, siempre ha sido mala consejera y a la corta y a la larga siempre son desenmascarados los responsables últimos del mal en el mundo, porque la policía no es tonta. Ya decía Escrivá poco antes de morir que dejaba el mundo, pudiéndolo controlar alguien con piedad de niño y doctrina de teólogo.
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