miércoles, 13 de enero de 2010

DE ANTONIO RIPOLLÉS NUNQUAM SATIS

Ya decía el antiguo rector del seminario tortosino, el cual aun predicando con los ojos cerrados dominaba toda la situación, que Ripollés era incladificable. Es sintomático que le pusieran de nombre Antonio, santo de mucha raigambre en todos los pueblos del Maestrazgo, su país, y del cual pronto se celebrará la fiesta. En muchos de esos pueblos se representará la vida del santo y en casi todos se encenderá una enorme hoguera en la plaza del pueblo. Lo característico de este santo es que en su solitaria vida en el desierto egipcio, superó y venció todas las tentaciones diabólicas y que fueron muchas. De ahí lo del fuego de las hogueras, relacionado desde siempre con los tormentos infernales. Cuando la fiebre empresarial prendió en los íberos en la última y opusdeística época de Franco, Ripollés también se hizo empresario del "holding" de empresas educativas y turísticas, "okupas" del edificio del seminario, construido por el obispo Moll a base de sacar dinero de las rateras colocadas por toda la diócesis, entre las que cabe destacar la de sacar dinero del recorte de las catillas de racionamiento a los sufridos y masoquistas ilercavones con respecto a la voluntad de sus dioses. Y recuerdo que un día en esa época un joven conserje, ya harto de Ripollés, le propinó a plena luz del día una solemne paliza. El tal joven terminó sus días recitando sus poesías por las discotecas de la comarca. En estos últimos meses, en que a causa de mi enfermedad, he frecuentado el Hospital Verge de la Cinta, del que ya hace años que Ripollés es el capellán oficial, con derecho a sueldo y plato, siempre se ha hecho el encontradizo conmigo, ya fuera a altas horas de la noche, ya por la mañana, ya por la tarde, quizá para provocarme y armar una escandalera. Incluso en dos ocasiones me vino a visitar a mi habitación, de la que lo expulsé inmediatamente con cajas destempladas.

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