domingo, 2 de mayo de 2010

ABELARDO Y LOS CUATRO DIPLOMÁTICOS

Éste era el nombre de un conjunto español de los años 60. Esto se podría también aplicar a mi padre que también le llamaban Abelardo, y que siempre se sintió extrajero en este territorio hostil a sus convicciones humanas y cristianas, al igual que también yo siempre me he sentido extranjero en mi propio país. Por ello mi padre era el blanco de permanentes amenazas simpáticas por parte de sus gentes, como por ejemplo en algunas noches de verano cuando él y yo nos sentábamos en la calle para tomar el fresco y de pronto aparecía por la otra acera un jovenzuelo listillo del arrabal que le decía "¡salta, Abelardo, que viene una ola!". A lo que él respondía con una sonrisa diplomática de complejo de superioridad. Por lo que ya desde mi niñez aprendí que estas gentes, más salvajes y refinadas que cualquier tribu africana, son como la zorra que cuando no poder coger unas uvas dice que estaban verdes, por lo que se limitan a la pura amenaza simpática hacia las personas que les plantan cara. Y no sólo amenazas sino que cuando el caso lo requiere surgen como de las alcantarillas, los pájaros de mal agüero, los cenizos, los aguafiestas, los fatalistas pesimistas y los que te dicen que las cosas siempre han sido, son y serán así. Incluso en el seminario había un criado viejo y cenizo de la Plana castellonense, que al dejarse de seminarista fue acogido como criado en el seminario, que cuando veía pasar un avión, solía decirnos con un aplomo y seguridad que asustaba que aquel avión no llegaría a su destino. Ésta no es más que la cobarde autodefensa del criminal que se resiste numantinamente a responder y pagar por sus delitos.

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