domingo, 11 de abril de 2010
EL TINGLADO DE LAS MOSCAS
Cuando era muy pequeño recuerdo que mi madre, para que me diera el sol, me sentaba en la calle junto a mi casa en una sillita que llevaba incorporado un vaso para hacer las necesidades. Entonces acudían a mi cara gran cantidad de moscas, que alguna caritativa vecina procuraba espantar. Ya de adolescente mi madre, el franquismo y la iglesia oficial a través de Simón del desierto que tenía un condiscípulo que fabricaba televisores a bajo precio, me colocó en la cocina el cajón de los moscardones ibéricos. Pero nunca me tomé en serio a esos moscardones, siguiendo la pedagogía de mi padre, que únicamente se había sentado en un cine, sólo por imperativo legal, durante media parte de la película "La gata negra", y que por tanto siempre se tomó a cachondeo todo lo que salía en el cajón mágico por muy envuelto en seriedad que se presentara, puesto que su profesión de tratante de machos le había enseñado a detectar los engaños y mentiras de la vida. Y últimamente en estas tierras ha aparecido la plaga de la venenosa "mosca negra". Terminaré con unos versos de Samaniego que me enseñó mi padre: "En un panal de rica miel dos mil moscas acudieron que por golosas murieron presas de patas en él".
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