martes, 17 de agosto de 2010
LA MAQUINITA DE LA SUERTE (I)
Quiero ampliar mi información sobre el síndrome de Estocolmo que ya comenté. Mis enemigos olímpicos que son multitud en esta hostil, aunque simpática de conveniencia, pocilga angélica, familiar y ciudadana, hacen que tenga la impresión de estar continuamente rodeado de serpientes, escorpiones y cucarachas, por todas partes, como si sólo quiisieran estar oficialmente bien conmigo para seguir obteniendo de mi la "chispa de la vida" por obligación y sin tener capacidad de negársela, para poder masacrarme y de los que nunca puedes esperar obtener nada en claro ni positivo. Para conseguir secuestrar mi corazón haciéndolo funcionar como una máquina automática e infalible, previamente hubo un laborioso trabajo de limpieza del terreno para dejarme solo, atontado y aislado de cualquier influencia extraña a sus maléficos intereses, para que no tuviera ninguna capacidad de reacción para poder desatar mi corazón de sus amarras de guante blanco y de encaje de bolillos, aplicando a mi caso una frase del himno de la Cinta:: "¡Ay apreteu bè la llaçada, que no es desfaci mai mès!" (apretad bien el lazo para que no vuelva a deshacerse). Y la prueba de que en esta ciudad y país siempre me he sentido rechazado en la realidad verdadera de mi persona, desnuda de sus mentiras y fantasías que me han colgado como sanbenitos en beneficio de su podrido negocio, es que no han querido aceptar la auténtica verdad sobre mí manifestada sobre mi persona y que he dejado plasmada en mis cinco libros y casi 600 cartas, hecho probado por el desprecio que esta pocilga y comarca hizo de ellos, y de que no pude encontrar ninguna editorial, ni en la vanguardista Cataluña ni en el resto de este país de la piel de toro, que quisiera editarme los libros. Ante esto y por otros cosas que contaré y que ya he contado, sólo puedo exclamar con aquella frase de Cristo: "¡Malditos, porque tuve hambre y no me distéis de comer...!"
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