martes, 10 de agosto de 2010

EL SÍNDROME DE ESTOCOLMO (I)

Técnicamente este síndrome significa el fenómeno casi inexplicable e ilógico respecto a la afectividad y benevolencia que invade a un secuestrado hacia sus secuestradores, sobre todo, cuando ha sido su víctima durante largo tiempo, perdurando dichos síntomas aún después de ser liberado. Ese sentimiento prácticamente incapacita a la víctima hasta incluso para discernir con claridad y permanentemente que los secuestradores cometieron una injusticia con él y normalmente suele despreocuparse del tema con aquello de "currant aquae" (que sigan corriendo las aguas). Pues algo parecido me ha ocurrido a mí, pero después de rezar y hacer rezar mucho a S. José comienzo a calibrar la magnitud del problema, consecuencia de lo que también podríamos llamar mi secuestro, aunque limpio y de guante blanco, de medio siglo que he sufrido bajo la alta dirección del seráfico poder olímpico, a las órdenes de la zorra maquiavélica de mi madre y de "la sagrada y maquiavélica familia", excepto mi padre Abelardo, puesto que era libertario y la única persona de mi familia que me ha querido de verdad; adobado con mis falsos amigotes del arrabal de Jesús y toda su sacrosanta cofradía de meapilas o de ateos republicanos; con la actuación estelar del indigno e hipócrita clero diocesano y del Opus (excepto Escrivá), también del resto de ordenados de la iglesia oficial, clérigos, obispos, el colegio masónico de cardenales, y de todas las serpientes blancas que llegaron a encaramarse a lo más alto de la cúpula de S. Pedro, desde el fallecimiento de S. Pío X, el último Papa del linaje humano que hemos tenido en la Iglesia Católica propiamente dicha. 

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