lunes, 14 de junio de 2010

YO TIRÉ MI TELEVISOR A LA BASURA (y II)

Los únicos problemas de que quieren que nos enteremos los de los medios, y sin nunca darnos las soluciones, que se los metan en el culo, o que hablen con la pared como los auténticos locos. También debo decir que los del complot que he nombrado y mucha gente de la plebe, que se han apuntado a esta macabra fiesta, son personas o colectivos dotados de inteligencia y voluntad libres, y que por tanto estas obras maléficas no pueden ser atribuibles al verdadero Dios, por lo que dicho personal es susceptible de que se les puedan pedir responsabilidades, ya en esta vida o cuando resuciten los muertos, pero de lo que sí estoy seguro es de que esta vez ¡aquí nadie de la fiesta se va a quedar sin pagar! Una prueba palpable en todo este conflicto de 56 años, de que Dios existe, es que en esta mierda de pueblo y su nación, con todo lo que me ha pasado, es que yo aquí vivo de puro milagro. Y también queda demostrado el fruto del constante sacrificio y oración de Escrivá y de los que le fueron fieles, y durante muchos años para pedir por la verdadera Iglesia fundada por Cristo, por la que repetidas veces ofreció su vida viendo la que me esperaba en esta, de toda la vida, atea y anticristiana población y nación. Y sólo comentaré dos ejemplos. El primero es que en el último internamiento psiquiátrico, con la represión de los cuerpos de seguridad, en Amposta, me hicieron varios análisis de sangre. En uno de ellos me dijeron que me lo tenían que repetir, a lo que una enfermera comentó que habían encontrado algo raro, desmintiéndolo la otra enfermera. De lo que deduzco que allí ya me detectaron el cáncer y no me dijeron nada como si quisieran que me muriera sin que se enterara nadie. Cuando me lo detenctaron por las repetidadas veces que subí a urgencias en el Verge de la Cinta porque orinaba sangre, me operó un médico de Barcelona que después me envió a la oncóloga, que me mandó cuatro sesiones de quimioterapia. Al terminar la última me tenían que hacer un "tac" que nunca me llamaron a hacerlo, sino que una enfermera de la sala de quimio, al terminar la última y cuarta sesión, sin encomendarse a Dios ni al diablo me apuntó para una nueva sesión. Al enterarse la oncóloga, una joven doctora alemana, de lo que querían hacerme me confesó que estaba asustada. Inmediatamente mandó que me hicieran el "tac" y al salir bien ya no me mandó más quimio. A todo esto debo recordar que el capellán de dicho Hospital es el incombustible capo Ripollés, cura de mi familia, al que al encontrarme a veces por los pasillos me han dado ganas de propinarle una solemne y pontifical paliza para que se acordara de mí durante el resto de su vida y por toda la eternidad. 

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