En 1967, 14 cartujas españolas formadas en Italia ocuparon la recientemente reconstruida (estaba en ruinas) Cartuja de Benifassà, para la que aportó fondos en rey Balduino de Bélgica. Se encuentra en la Tinança, en el Maestrazgo castellonense, diócesis de Tortosa, limitando con Aragón y Cataluña. El gallinero también tiene un gallo cartujo y un ayudante. Llevado por el cura Rovira, visité el monasterio por vez primera a finales de los 70 y nos atendió la madre Abadesa (la visita debería ser importante) que nos enseñó el monasterio por dentro. Volví una segunda vez, esta vez solo, en los años 90, y desde entonces esa cartuja, la única femenina de España, entró para mí bajo sospecha por lo que referiré. No pedí entrar sino que sólo merodeaba por las afueras de la puerta principal. De pronto aparece un cura extradiocesano que parecía se hospedaba unos días allí. Al poco rato aparecen unos jóvenes en bici y les abre la puerta la portera que me ve, y no sé lo que les dijo, el caso es que no entraron. Los jóvenes se van y yo también. Al final del largo entrador se detienen como si quisieran dejarme pasar. Yo me voy hacia abajo, a la izquierda. Al poco oigo sonar la campana de la Cartuja. Doy la vuelta en la carretera y pasado el entrador me dirijo hacia Fredes. No encuentro a los jóvenes, ni tampoco en el entrador. Entonces llegué a esta conclusión. Que las monjas tocaron la campana para avisar a los jóvenes de que la pista de entrada estaba libre para poder entrar en el convento sin levantar sospechas. Algo raro, si no olímpico iban a hacer aquellos jóvenes en el convento con las gallinas y con su gallo y ayudante. Desde entonces la opinión detectivesca que tengo de esa cartuja es que es algo más que un puticlub, sino que es un fuelle olímpico de fragua, so capa de espiritualidad y de debilidad femenina. Por último visité la cartuja a principios de los 2000 con tres curas de mi pueblo y ya no nos recibió la madre Abadesa sino el gallo del gallinero.
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