Llegados al punto de agotar la verdad el tortosino siempre esgrime un despectivo silencio o una fina sonrisa o una sonora carcajada triunfalista, como quien se considera superior a todo lo humano y divino. El tortosino ama la verdad intramundana para poder exigirla a sus enemigos y así saber con qué cartas debe jugar respecto a ellos. Digo verdad intramundana y no verdad teológica o complexiva, a la que ponen en el reducto de la locura y esquizofrenia. Aquí la gente es católica, como quien es socio de un equipo de fútbol, para mantener el tinglado y poder tener a sus dioses en el privilegiado observatorio en donde se dirime qué es bueno para el Olimpo y para ellos y qué debe ser atacado. En Tortosa y sus alrededores cuando un cura olímpico dice una cosa, como por ejemplo que hay que tirarse por un precipicio, toda la chusma, aunque no haya pisado nunca una iglesia, y guiada por sus políticos, le obedece a pies juntillas. Por ejemplo, a partir del concilio Vaticano II, los curas decidieron tirar por el camino del materialismo, pues efectivamente aún hoy en día la prensa local sólo habla de dinero, subvenciones, proyectos de construcciones urbanísticas y de carreteras, etc., en fin sólo temas cuyos protagonistas sólo son el dinero, el estómago y el bienestar materialista, ¡ah! y el fútbol y el evolucionismo ateo para la juventud como única salida a sus ideales. Y el que no esté de acuerdo con esto, que se haga una raya o se fume un porro. Pero que a nadie se le ocurra tomarse en serio la Fe, ya que pesa sobre ello la amenaza de enfermedades o de ser internado en un centro psiquiátrico. Y es que a Pallas Atenea no le gusta la competencia.
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