martes, 5 de mayo de 2009
LA CARTUJA DE BENIFASSÀ (y II)
Había un matrimonio anciano de aquí de Ferrerías, santos varones, que de vez encuando iban a la cartuja a llevarles verduras y otros alimentos y una vez el anciano se me quejaba con lágrimas en los ojos de que nunca habían recibido de las monjas la más mínima muestra de agradecimiento. De hecho yo hace poco les envié gratuitamente mis cinco libros y no he recibido ni una pequeña carta de agradecimiento. Estas monjas están divididas en dos clases: las obreras y las aristócratas. Las primeras se encargan de la limpieza, la comida, la portería y de la administración en general. Las segundas, la mayoría con carrera universitaria, se dedican exclusivamente a la contemplación silenciosa e individual. Sólo se reúnen en el coro y en el refectorio y siempre en riguroso silencio. En mi última visita el cura más anciano de los cuatro que íbamos me hizo la propuesta de integrarme como cura auxiliar al convento, a lo que le respondí que no. El gallo cartujo que nos guiaba la visita nos comentó que hacía poco había ingresado un joven para discernir la vocación y sólo pudo resistir allí unos días porque en aquel convento le dolía mucho la cabeza. ¿Será esta fragua la del silencio torturador del Maestrazgo y la que me quita la paz mental católica y de proyecto?
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