Aquí en la diócesis de Tortosa Carles era considerado por el clero como una falla chufera: mucha vistosidad exterior pero sin nada dentro. Para hacer un diagnóstico de este personajillo solamente referiré dos anécdotas de cuando con tan sólo 40 añitos tomó posesión de la diócesis más importante del mundo, después de haber abjurado del Opus Dei. Cuando llegó aquí, el Canciller-secretario, Ovidio Tobías, le preguntó qué sueldo quería cobrar, a lo que el valenciano chufero le dijo que no quería cobrar ninguna nómina, sino que ya iría cogiendo de la caja, y Ovidio, de la vieja guardia, le replicó que él cobraría una nómina y que se la gastara como quisiera, no fuera a darse el caso que la diócesis se quedara sin fondos. La otra anécdota también del joven obispo es que se quería instalar a vivir en un pisito, para dar testimonio de pobreza evangélica, a lo que Ovidio también le replicó que si quería vivir la pobreza, se quedara en el desangelado y frío Palacio episcopal. Este individuo, catapultado al episcopado por el tortosino Tarancón, siempre ha tenido buen "filing" con la Casa Real, casando en Barcelona a una de sus hijas. Me ordenó a mí de presbítero, siendo la única cosa sensata que hizo en esta vida, aunque desde el primer día me trató ese sacerdocio a patadas. Recientemente a casado a una hija de una prima mía. Está retirado en una mansión de Tortosa junto a sus queridos cervatillos del Caro.
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