Reconozco que desconocía cómo era mi hermana y su madero, hasta que me he enterado de que, porque tienen la infundada creencia de que yo me moriré pronto, y de que si me gasto mucho dinero, ellos creen que encontrarán mi libreta con escasos dividendos. Como mi hermana y su madero me organizaron la vida en la cuestión del piso en que vivo, haciéndome copropietario con ella, cuando ellos tienen tres viviendas, tengo que dejarles una llave del piso, al que mi hermana entra con frecuencia y sólo para usmear en las libretas y en no sé qué más, pero sin vaciarme ni un cenicero. La cosa es posible que se complique aún más cuando yo venda mi casa de Mirambel. Entonces cuando les fallen sus previsiones sobre mi vida, buscarán hacerse tutores míos para hacerse con mi dinero, arguyendo mi enfermedad psiquiátrica ante el tribunal, para también manejarme a su antojo sin respetar mi legítima libertad. Esto es lo que me tenía proyectado mi Abadesa de las Huelgas poco antes de morir, aunque no llegó a llevarse a término. Es cierto que mi enfermedad o la medicación me impide sujetarme a un horario alienante para trabajar, pero puedo gobernarme y tengo la cabeza lúcida para ejercer mi libre trabajo intelectual. Ellos siempre han menospreciado mi trabajo intelectual y nunca han apreciado mi vocación sacerdotal. Así cuando estoy en su casa o con mi familia me siento extraño y tengo que hacer el hipócrita. Esto puede soportarse durante cierto tiempo pero no toda la vida. Desconozco si hay una ley de desarraigo familiar, sin tener que caer por ello en manos de la administración o en brazos de una "gachí" o de una arpía.
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