Efectivamente existe la reencarnación, pero sólo de los ángeles que se reencarnan desde su gestación en naturalezas humanas de generación en generación. Cuando esas encarnaciones reciben el sacramento del Orden se convierten en dioses, cuando, son simplemente argonautas. Los dioses tienen el poder de reencarnar, mediante la fecundación de una mujer, a otros ángeles. No así los argonautas. En cambio, no se reeencarnan los humanos, ya que por ello piden a través de las letanías de los Santos en la Iglesia católica: De morte aeterna, libera nos, Domine (de la muerte eterna, líbranos, Señor). La Encarnación del Hijo de Dios, la segunda Persona de la Santísima Trinidad, se produjo para redimir a los seres humanos, a los dioses y a los argonautas. Pero visto que a lo largo de la historia los dioses y argonautas han despreciado sistemáticamente las gracias de Dios para su conversión, ha llegado el momento de tomar a nivel mundial y comenzando por Tortosa medidas represivas, como es la castración de los dioses, para que dejen de producir mediante el ejercicio del sexo los castigos consecuentes al pecado original de Adán y Eva, que se produjo en Ilercavonia, y para que se consiga el triunfo definitivo sobre la muerte, resucitando todos los muertos, y los dioses y argonautas sean definitivamente redimidos, último objetivo de las medidas. Porque aquí cayó el primer eslavón de la cadena de la historia hace unos 6.000 años, de ahí el poder avasallante que tiene el Olimpo Escorpión de Tortosa sobre el mundo, la meteorología (no en vano unos pioneros jesuitas del linaje humano fundaron aquí el Observatorio del Ebro a principios del siglo pasado), y sobre la naturaleza humana.
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