Siempre me he sentido tratado como un perro por esta ciudad y por su iglesia. Nunca me ha faltado la comida, como a un perro doméstico, ni cariño animal, como a un perro doméstico, ni asistencia veterinaria, como a un perro doméstico. Pero cuando he actuado como hombre y como cura, he tenido el mínimo de los desprecios como respuesta. Así en mi actividad apostólica como cura, en esta ciudad no he podido conseguir ni un sólo prosélito. Y cuando me desvinculé de la multinacional eclesiástica y escribí como ser humano, con el sacramento del Orden, cinco libros, su publicación, costeada por mi bolsillo por no encontrar ninguna editorial, no tuvo el más mínimo éxito, teniendo que ocupar una habitación de mi casa como almacén de la mayoría de los ejemplares. Nadie me los criticó ni alabó, simplemente me los han tolerado compasivamente como alucinaciones de un psicópata. Nadie me ha regalado nunca nada en esta ciudad. Lo poco que tengo ha sido fruto de mi esfuerzo. Por ejemplo, las beatas de la parroquia saben que digo misa en casa, pues no ha habido ni una que me haya pagado ni una sola misa de difuntos, cuando a la parroquia les sobran. Y así podría contar multitud de detalles. Y por último diré que me han cerrado las puertas de la prensa local para poder defenderme. Ésto sea quizás lo que más me ha dolido.
No hay comentarios:
Publicar un comentario