Sólo me fijaré en dos escenas evangélicas para describir la lucha que mantuvo Cristo con los ángeles en la tierra. La primera es cuando un ángel tentó a Cristo en el desierto. En primer lugar, conociendo sus poderes y su hambre, le incitó a que convirtiera las piedras en pan, después, animándole a la temeridad, le pidió que se tirara de un monte abajo, y por último lo máximo, solicitándole que le adorara en lugar de a Dios. Cristo superó estas tentaciones y nos ganó a nosotros la posibilidad de superarlas. La segunda escena es cuando un ángel desanima a Cristo en el huerto de los olivos sugiriéndole pensamientos negativos sobre su obra redentora. Llegó a tal punto su sufrimiento que llegó a sudar gotas de sangre. Después recriminó a los apóstoles por haberse dormido y no haberle apoyado con su oración en aquellas horas de sufrimiento atroz. Esto nos indica que tanto los ángeles, como el Olimpo, como los humanos que los siguen, léase católicos pervertidos, moros, judíos, herejes y ateos, seguidores todos de inspiraciones angélicas y que normalmente se aparean con olímpicos, tienen declarada una guerra abierta contra Dios y la humanidad, nunca dando batallas por perdidas y sin desanimarse nunca, sea quien sea a quien tengan que atacar. Por eso nos dijo Cristo que el que persevere hasta el final, se salvará.
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